lunes, 14 de noviembre de 2016

Nicolás Gonzalo: ganador del V Concurso de Microrrelatos, categoría de 17/22 años


¿Cómo conociste nuestro concurso?
A través de Luisa, que dirige el Club de Lectura.

¿Por qué te gusta escribir microrrelatos?
Generalmente frecuento más el género del relato corto pero hice una excepción en este concurso.


¿Sueles escribir otros géneros literarios, como poesía o novela?
Personalmente opino que mi poesía tiene muchas carencias que aún no he conseguido resolver y respecto al género de la novela carezco del tiempo suficiente y la motivación para escribir una. No obstante, tengo algunos proyectos sin finalizar.


Recomiéndanos un libro que te haya gustado
Si tuviera que realizar una recomendación en frío y siendo como son los tiempos que nos toca vivir, recomendaría 1984, de George Orwell o El árbol de la ciencia, de Pío Baroja. Esta última me ha descubierto un nuevo camino entre la filosofía y la literatura de comienzos de siglo. 


¿Qué otras aficiones tienes?
En el mundo de las artes, suelo disfrutar de sus múltiples ramas. Desde el dibujo hasta la música, pasando por la fotografía, me gusta cualquier tipo de manifestación artística, como ver una buena película y poder expresar aquello que inunda mi mente. Sin embargo, hay quien dice, aunque yo no me lo creo del todo, que destaco en el campo del dibujo y de la música, siendo la guitarra mi instrumento de interpretación. También practico algunos deportes, como natación o artes marciales.


¿Quieres añadir alguna información sobre ti que te apetezca destacar?
Me gustaría dar un ápice de esperanza a aquellos que, como yo, luchan por hacerse hueco en este mundo tan complejo que es la literatura.
Co
mo decían en la famosa película de Ameliè: "Son tiempos difíciles para los soñadores." 



AL ATARDECER


“El suceso ha sido extraordinario…” - No, el suceso va a ser extraordinario – pensó - y cerró el libro que estaba leyendo.

Rápidamente, entornó la puerta para que nadie pudiera verle. Llegaba la hora de cerrar y la tenue luz del atardecer iluminaba al hombre de la limpieza que pasaba la mopa sobre el suelo encerado antes de terminar su jornada.

Escuchó el ruido de la llave al girar en la cerradura. Un silencio sepulcral reinaba a su alrededor. Cuando comprobó que no quedaba nadie en la sala, abrió la persiana y dejó entrar la luz anaranjada que se reflejaba en las tapas relucientes de los libros más nuevos. Apoyó su rostro en el cristal, inadvertido e invisible. Ella caminaba, como cada tarde, al volver a su casa. Él la observaba. Platónicamente, imaginaba su mano con la suya y el andar de sus piernas esbeltas junto a sus pasos. Ella seguía su camino y él apuró la escasa visión que le dejaba ver poco más que su silueta, apretando sus gafas contra el cristal.

Mientras soñaba con aquella chica que durante tanto tiempo había estado observando cada día al atardecer, pensó: “Ahora sí, el suceso ha sido extraordinario”.




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