viernes, 14 de agosto de 2015

Recomendación de teatro para agosto




Os acercamos hoy la figura de un autor reconocido universalmente  dentro de la historia de la literatura, el díscolo e incómodo Oscar Wilde. Nacido en Dublín en 1854, este novelista creador de “El retrato de Dorian Grey”, poeta y dramaturgo fue tan famoso por su obra, como por su ingenio y su estilo de vida nada convencional.  Un clásico que revolucionó el mundo literario y la sociedad de su época, pues no se limitaba a cuestionar la realidad en sus escritos, sino que su vida, en coherencia, era una lucha continua contra la hipocresía. Este atrevimiento lo pagó caro, pues fue condenado a dos años de trabajos forzados,acusado de homosexual. En prisión escribió “De Profundis” (carta dedicada a su amigo Lord Alfred Douglas, cuyo padre influyó para que Wilde fuera encarcelado), que supone una reflexión sobre la condición humana  y “La balada de la cárcel de Reading”, crítica al sistema carcelario.

El primer libro de esta selección, recoge las obras con las que el autor inicia su carrera como dramaturgo.


"Vera o los nihilistas". Esta obra se sitúa en la Rusia de finales del siglo XVIII y representa las conspiraciones de un grupo de anarquistas que se oponen a un zar convertido en déspota por las malas influencias de su consejero y cuya tiranía lleva a su pueblo a la miseria y el sufrimiento. Es una pieza de intenso dramatismo, reflejo de días convulsos, de cuestionar los valores que habían sostenido el antiguo régimen y donde aparecen los deseos de cambio con las nuevas filosofías e ideologías políticas. Es una crítica social y política en la que quedan patentes los males de la sociedad de la época y que nos muestra las contradicciones de los dos bandos. Los protagonistas, Vera y Alexis, con su actitud y sus diálogos nos hacen ver que, aunque las ideas nos separen, hay cosas importantes que nos unen como los sentimientos y el ansia de ser felices. Destaca el personaje del Príncipe Pablo por su elocuencia y su mordacidad, su gran dominio del lenguaje y la razón y por su carácter maquiavélico y manipulador.

"La Duquesa de Padua". Ambientada en el siglo XVI en Italia, conjuga intrigas cortesanas con juegos de poder, venganzas y por supuesto amores y desamores. De las tragedias antiguas y los dramas de Shakespeare, Wilde toma la presencia de un sino terrible y un final trágico, la grandilocuencia en los diálogos (especialmente poética en los encuentros amorosos); pero  todo es con afán crítico, hacia la nobleza y los cortesanos, hacia el pueblo y sus supersticiones, sarcasmos y obviedades, hacia la tiranía o la falsedad. Al mismo tiempo introduce conceptos novedosos o incluso revolucionarios para la época, como la defensa de los derechos de los súbditos o de las mujeres y aspectos positivos como la idea de unas leyes y una justicia igual para todos, por encima de nobles y señores del  estado.

"Una tragedia florentina" guarda muchos paralelismos con la obra anterior: coincide no sólo en espacio y tiempo, sino en el tema que desarrolla y en la gran carga estética de su lenguaje ampuloso. Plantea un triángulo amoroso, con diferencia de clases sociales y problemas políticos y económicos como trasfondo. También se aborda el papel secundario de la mujer en la sociedad de esa época y dentro de la pareja. En resumen, la trama viene a demostrar la afirmación antigua de que no valoramos lo que tenemos hasta que no vemos la posibilidad de perderlo.

"El Cardenal de Aviñon"  es el inicio de un proyecto inacabado; las primeras escenas y el planteamiento de personajes y acción de una trama polémica por ser el protagonista una alta jerarquía eclesiástica con todos los vicios posibles, desde la ambición a la lujuria, que no se detendrá ante nada y usará cualquier medio para conseguir lo que desea.
El segundo libro recoge dos de sus obras más conocidas:

“El abanico de Lady Windermere” es un enredo amoroso y familiar en el que es palpable como cuando se nos ocultan hechos, la imaginación se desborda y provoca malentendidos que hacen peligrar las relaciones. Las apariencias y la falsedad como base de una alta sociedad decadente, interesada en conservar un estatus que, en ocasiones, suponía no sólo un elevado coste económico, sino personal.  Wilde presenta la oposición entre las damas “de bien”, defensoras de las costumbres, pero cotillas e insidiosas, que se mueven por el interés y la mujer de “mala vida”, criticada y apartada por una sociedad hipócrita y ociosa, que da una lección de generosidad por favorecer y no dañar a un espíritu noble y bondadoso como Lady Windermere.
“La importancia de llamarse Ernest” recoge todos los elementos argumentales, linguísticos, estéticos y de personajes que son señas de identidad en el teatro de Oscar Wilde y, por supuesto, su crítica a todo lo convencional, siempre con un dominio extraordinario del lenguaje y con una fina e inteligente ironía: Arremete contra  las reglas de etiqueta y los rituales que dominan todas las relaciones sociales; ridiculiza el puritanismo de su tiempo; cuestiona el papel de la prensa y a los propios escritores; pone de manifiesto el desprecio de las élites por las clases bajas o la falta de libertad en diversos  ámbitos como el emocional. En resumen,  una sátira social contra la hipocresía, que al mismo tiempo ensalza la banalidad de las clases altas, a través de una retórica brillante.

El tercer libro es el drama “Salomé”. El autor escribió esta tragedia en el más puro estilo clásico: desde el tiempo y el lugar donde se desarrollan los hechos (Judea, siglo I), hasta la trama palaciega, con intrigas de la realeza, incluyendo crímenes terribles y un final dominado por lo fatal. Como elemento significativo, la voz de Juan el Bautista que se erige en conciencia de los malvados. Tampoco olvida Wilde la sensualidad y el erotismo, referencias de su filosofía esteticista por la cual lo más real, importante y perdurable de este mundo es la belleza. Las ilustraciones del pintor e ilustrador británico Aubrey Beardsley, contemporáneo de Wilde, sirven bien al propósito y la obra del autor. Sus dibujos tienen una gran influencia de la pintura clásica japonesa, concretamente de los grabados, con profusión de detalles y líneas estilizadas que destacan más al ser en blanco y negro. El contraste lo pone el aspecto deforme de los rostros, una característica de este amante de lo grotesco, que compartía con el dramaturgo su visión crítica de la sociedad de su época. Es una edición muy cuidada, que recoge la obra con las ilustraciones originales de la primera edición en inglés de 1894(hay que señalar que fue escrita en francés) y, como valor añadido, algunos documentos escritos y gráficos relacionados con los primeros pasos de la edición y representación de “Salomé”. Esta obra fue censurada y se vio  acompañada por diversos escándalos, tachada de irreverente, provocadora y obscena, tanto por el texto como por las ilustraciones.

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