viernes, 29 de mayo de 2015

"Nosotros, vosotros, ellos", nuevo relato de Bárbara Ruiz





Sara se siente exultante. Son las tres de la mañana, y el ambiente de la disco está empezando a llegar a su mejor momento: la música y las luces la envuelven, traspasan cada poro de su piel y empapan hasta la última de sus células. La chica se baña en el mar de caras fugaces y jóvenes cuerpos de revista; ella es una más de esa marea que se mueve a un mismo son, empática y unánimemente transfigurada por el sonido, la luz y el consumo de alguna que otra sustancia más o menos tóxica. A su lado Laura, su amiga del alma, compañera inseparable desde la guardería, atrae su atención: -Vamos – le dice. Las dos se dirigen sin prisa hacia un extremo de la barra, donde su grupo ha conseguido hacerse un hueco. Celebran el cumpleaños de Pedro Molist, otro de los de siempre, de los amigos de la infancia, del colegio, de los juegos de bolas, del “insti” y de los viajes de estudios. Hoy, sin embargo, Pedro está distinto. Sara lo ha notado desde el principio, cuando el chico ha acudido a la cita con sus nuevos amigos, unos compañeros de su facultad: “es lo que tiene la vida” – piensa ella – “el año pasado todos una piña; ahora cada uno ha tomado su rumbo”. Lo han pasado bien, no obstante, primero cenando en el bar de siempre, y luego tomando unos chupitos en los sitios de moda. La disco es la última estación, justo antes de tocar retirada, y Sara está empezando a pensar si no hubiera sido mejor llamar a un taxi para volver directamente a casa. Se siente mareada, “demasiados brindis por Pedro” – piensa. Pero cuando ella y Laura se unen al grupo, todos tienen copas en la mano:
 - ¡Por Pedro y sus 19 añitos! ¡Hasta el fondo! – exclama una de las chicas, una rubia de labios rojos y vestido con escote de vértigo, de cuyo nombre Sara no consigue acordarse. Apuran las bebidas. Son todos – ellos y ellas, los nuevos compañeros de Pedro – un grupo sofisticado y elegante, con aire de sentirse muy satisfechos consigo mismos. Laura la mira en ese instante, y le hace un gesto que sólo ella alcanza a ver: -“Panda de pijos” – le dice con la mirada. Sara sonríe, pero el cansancio y el alcohol transforman su sonrisa en una mueca desganada.
 - ¡Vamos, muñecas, que no decaiga la fiesta! – Pedro las agarra por la cintura, y pretende llevarlas de nuevo a la pista. Sara le revuelve el pelo con la mano, negando: ya es bastante para ella por hoy. Se apoya en un taburete mientras observa cómo sus amigos se unen de nuevo a la multitud que acompasa sus movimientos al son de la mejor música de la temporada. 
-¿No te gusta bailar?- Uno de los compañeros de clase de su amigo intenta entablar conversación con ella. Es alto y moreno, atractivo a su manera. El chico la mira con cierto aire de suficiencia, piensa Sara, pero en honor a Pedro hace un esfuerzo por mostrarse amable.
 - ¡Estoy cansada! – responde con a voz en grito para hacerse oír. 
– Vamos, mujer, eso es que necesitas combustible- dice. Se dirige a la camarera de la barra y pide dos bebidas más. Sara protesta débilmente: no está segura de que sea una buena idea, pero el chico le pone el vaso en la mano y, por inercia, ella da unos tragos cortos. Acodados en la esquina, observan al resto del grupo, que baila en el centro de la pista. 
-Mira a ese par- dice de pronto su acompañante. Se refiere, comprende Sara, a dos chicos extranjeros que en ese momento piden unas bebidas. Incluso en el ambiente poco iluminado de la discoteca, el color de la piel y sus característicos faciales revelan sus orígenes norteafricanos.
 - No sabía que aquí dejaran entrar a todo el mundo – le grita al oído, con cara de disgusto.
 - ¿Dónde dejan entrar a todo el mundo, Carlos? – Verónica, otra de las nuevas amigas de Pedro, se ha acercado a ellos. El chico hace un movimiento con la cabeza, señalando hacia los dos inmigrantes. – Ah, esos – comenta Verónica- están invadiendo toda la zona. Sara se siente incómoda, no atina a saber muy bien por qué, pero no hace ningún comentario. En ese momento, una chica se acerca a los dos extranjeros. Es menuda y morena, de andares felinos, cautelosos; llama la atención de manera callada y sin estridencias, sobre todo por sus inmensos ojos pardos bordeados por unas pestañas increíbles. Los tres parecen mantener una animada conversación.
 - ¿Y esa niña que está con ellos? – dice Verónica. 
 – Ya ves, no me importaría tener algún roce con ella – contesta Carlos, desnudándola con la vista mientras observa ahora al trío de manera casi insolente. En ese momento la chica levanta la mirada y la enfoca en su dirección, haciendo a Sara un gesto casi imperceptible con la barbilla. Esta desvía los ojos sin responder, avergonzada: ella sabe quien es la chica de mirada de gacela, pero no está dispuesta a reconocerlo delante de aquellos pijos de libro. 
- ¡Si me está saludando! – exclama Carlos, confundiendo el ademán. -¡Esa nena está por mí! Su voz suena pastosa y tiene la mirada vidriosa. – “Está muy borracho”- piensa Sara, incómoda. -Vamos, busquemos a Pedro-, dice, en un intento por alejarse de allí. Pero ahora Carlos, con la tozudez de los ebrios, está empeñado en acercarse a su presa: - Voy a invitarla a una copa- dice, gallito, vaciando su vaso y haciendo señas en dirección a la camarera. Sara sabe que no es buena idea, sabe que Karima no bebe alcohol, que la molestarán los torpes intentos de acercamiento de su compañero y que estará dolida y decepcionada por su propio rechazo. Pero no va a hablarles a sus nuevos amigos de sus tardes de infancia en casa de su abuela, de sus esporádicos juegos con la hija de la asistenta, de aquella niña diferente, inteligente y callada con la que en alguna ocasión compartió meriendas y deberes. No, a pesar de la sensación de culpa que siente por ello. Desde la barra, ve cómo Carlos se acerca al trío, con dos vasos en la mano, tendiendo uno a Karima. Esta sonríe, visiblemente nerviosa, pero niega vehementemente con la cabeza. El chico insiste, mas ella vuelve a negar. Entonces Carlos apura su copa de un trago y, con el brazo libre, toma a Karima por la cintura. La chica lo aparta, pero Carlos lo vuelve a intentar. Sara intuye el peligro y busca a Laura con la mirada: tienen que irse todos de allí; cuanto antes, mejor. La pista está llena, y Sara tiene que contorsionarse entre los bailarines hasta llegar al otro extremo, donde Pedro, para regocijo del grupo, intenta emular a Michael Jackson. Sara tironea a su amiga de la manga: - ¡Laura! La chica intenta explicarle la situación, pero el ruido es infernal y le cuesta hacerse entender. Toma a Laura de la mano y se dirige con ella hacia donde se encuentran los inmigrantes. Demasiado tarde: cuando por fin se acercan, un par de seguratas enormes, con músculos que casi les revientan los trajes y pinganillo en el oído, ya están sujetando con cierta contundencia a Carlos y a uno de los acompañantes de Karima. Y luego todo sucede en pocos segundos, a pesar de que el tiempo parece transcurrir a cámara lenta: Pedro es consciente por fin de lo que sucede e intenta, inútilmente, mediar en el asunto. Pero la gente de alrededor, los que hasta hace segundos eran sólo una amable multitud de bailarines anónimos, se convierten, de repente, en actores del drama. Sara está asustada. Asustada por la fuerza del odio que percibe en las caras de algunos de los que la rodean. Sin conocer los hechos, sin preguntas, sin apenas datos, el rebaño toma rápidamente partido. Y decide que los extranjeros son culpables. Culpables de parecer distintos, de atreverse a invadir espacios en los que no se espera encontrarlos, de mantener su propia idiosincrasia a pesar de todo. Ahora ya son muchas las voces que insultan a los argelinos, incluso se escapa algún puñetazo al aire. Carlos olvida que quería ligarse a la chica: el rechazo le ha vuelto agresivo, y se muestra exaltado y belicoso. Los de seguridad se esmeran en cumplir con su obligación y, en cuestión de segundos, agresores y agredidos son expulsados del local. En la calle, los ánimos siguen exaltados. Los tres chicos extranjeros están ahora asustados. Lo único que quieren es irse de allí, pero hasta eso les resulta ahora difícil. Sara asiste, desconsolada, al desarrollo de los acontecimientos. De repente, su mirada se cruza con la de Karima, y siente cómo sus ojos se inundan de lágrimas: lágrimas de furia, pero también de vergüenza por lo injusto de la situación, por su propia cobardía. Es quizá esta mirada la que la decide: 
 - ¡Ya está bien, ellos no han hecho nada! – Sara intenta hacerse oír, se interpone indignada ante el grupo que todavía increpa a Karima y sus dos amigos: -¡Basta, Carlos! ¿Todavía no tienes bastante? ¡Mira la que has organizado! Abucheos y silbidos acompañan a sus palabras.- ¡Pero tú con quien vas, gilipollas!!! -Sara se vuelve, buscando a Karima con la mirada: “Lo siento”, murmura, esperando que la chica la entienda. Y entonces una botella vuela por los aires y lo siguiente que Sara sabe es que está tirada en el suelo, con las manos llenas de sangre y un lacerante dolor en la cabeza. A su lado Laura, histérica, gime: -¡Sara! ¡Dios mío, que alguien haga algo!!- Carreras y gritos, y de fondo la sirena de la policía. La multitud se disuelve, nadie quiere problemas.
 - ¡Por favor, que alguien me ayude!!- Sara oye a Laura, una vez más, antes de desmayarse. Cuando recupera el sentido, minutos más tarde, es Karima la que le sujeta la cabeza ensangrentada. Karima, la que ha improvisado una venda e intenta contener la hemorragia, la que tranquiliza a Laura y habla, serena, con el médico. Y es a ella a la que permiten subir a la ambulancia para acompañarla al hospital, la que la coge de la mano y le susurra palabras de ánimo. Y a Sara, por segunda vez en esta noche, se le vuelven a llenar los ojos de lágrimas. Pero en esta ocasión de agradecimiento. Sonríe y le aprieta la mano a su amiga.
                                                                 

                                                                                 Bárbara Ruiz

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