viernes, 26 de diciembre de 2014

Imago

Hoy os presentamos un relato muy especial, con una trama al mejor estilo de los maestros argentinos (Cortázar, Bioy?). Nuestro amigo Nicolás Gonzalo Plaza ha ganado con esta historia el Certamen de Jóvenes Creadores 2014 del Ayuntamiento de Ávila, en la categoría Narrativa de 14 a 20 años. ¡¡Este chico no deja de sorprendernos!!

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   Y la noche volvió de nuevo. Allí estaban, agazapados, alerta, escondidos entre las sombras, acechando, esperando el momento de atacarme, de transformar mi vida en este martirio que, extrañamente, se me ha hecho habitual.

  Cada mañana me despierto a las seis en punto. Me levanto silenciosamente, como si mis pies estuvieran hechos de un suave plumón. Cojo el saco de tela de esparto donde guardo el pienso para perros con el que les alimento y les relleno los cuencos de plástico. Junto a ellos les sirvo otro cuenco donde les vierto lo que más les gusta beber con sus pequeñas bocas dentudas: zumo de naranja, al que le suelo añadir un chorrito de coñac con el que amenizo mis tardes viéndoles corretear, tambaleándose en el suelo de ese pequeño rincón de la casa que utilizo como jaula para contenerles. A esta hora de la mañana aún duermen, así es que aparto el tendedero que actúa como freno a sus ataques de locura, les pongo los cuencos y cierro bien la puerta de casa para dirigirme a la oficina.

   Todo comenzó hace cinco meses. Podría ser cosa del destino o simple casualidad, pero a los pocos días de dejar a Matilda, mientras caminaba por la calle, los encontré al doblar una esquina, metidos en una vieja caja de cartón. Emitían un pequeño aunque estridente sonido. Me acerqué a ver quién producía aquel curioso ruido. No daba crédito. Nunca había visto unas criaturas iguales; no podía saber su sexo, ni su especie, parecían no tener patas, ni siquiera una cabeza definida. Se podrían describir como peludos balones azulados. Al cabo de un rato debieron notar mi presencia, ya que abrieron sus grandes ojos almendrados. En ese instante, sentí que una especie de atracción empezó a florecer entre las criaturas y yo. Como nadie parecía percibir su existencia, cogí la caja con ambas manos y la llevé a mi piso. A partir de ese momento comencé a cuidarles, criarles. En estos meses han ido ocupando un pequeño lugar en mis quehaceres diarios, un espacio en mi mente.
   Durante toda la mañana rondan por mi cabeza. Miro la pantalla y allí están, jugando con los iconos del ordenador. Mis compañeros comienzan a inquietarse. El martes, mi jefe me llamó a su despacho y estuve muy cerca de que me despidiera. No sé qué me pasa. Ya casi no hablo con nadie. Antes, a las diez y media, me acercaba a la segunda planta, donde trabaja Luis, un gran compañero y amigo. Pero últimamente, ya no me dirige la palabra. Discutimos acerca de mi paranoia (que es como lo llama él) y de que pronto acabaría conmigo. Ésta fue la última conversación que mantuvimos.
    Se podría decir que vivo por y para ellos. Poco a poco se han hecho mayores. Ya han alcanzado el tamaño de un Yorkshire adulto. Cuando vuelvo del trabajo ya es mediodía.  Nada más entrar en casa se pueden apreciar sus gemidos y escuchar cómo arañan el suelo pidiendo salir de su habitáculo. En cuanto retiro el alambre que une ambos lados del tendedero con los ganchos metálicos incrustados en la pared, corren velozmente al exterior, buscando el rayo de luz que entra desde la ventana de mi terraza. Les abro la puerta de cristal esmerilado y empiezan a dar vueltas en los tres metros cuadrados desde donde se puede observar una panorámica perfecta de los tejados de la ciudad, con sus grandes rascacielos y el cartel luminiscente de una conocida marca de refrescos. Allí pasan todas las tardes de verano y los días cálidos de otoño, saltando y correteando entre las macetas de los Ficus, Potos y otras plantas de interior. A veces juegan con una pequeña pelota de cuero viejo a la que tienen mucho cariño, o con una cuerda muy gruesa que muerden e intentan desatar sus nudos con sus pequeñas zarpas.
    A los dos meses empecé a sentir los síntomas de una extraña enfermedad. Un cansancio soporífero me abatía en las horas más cercanas a las seis de la tarde. Solía tumbarme en una hamaca que guardaba en el desván. Pero cuando cerraba los ojos, un sonido retumbaba en mi cabeza. Un chirrido persistente similar al de unas garras arañando las baldosas…
    Cuando la luna va ascendiendo en el cielo les cepillo, desenredándoles las marañas azules y dejando un pelaje liso que refleja la luz acerada de la noche. Es asombroso lo rápido que les crece el pelo. Una vez al mes les pongo la bañera, tapo el desagüe y les corto el pelo con unas tijeras de peluquería. El proceso es rápido, suelen estar muy quietos. En los meses de verano les rapo al cero, dejándoles con un aspecto más bien ridículo, parecidos a esquiladas ovejas de piel amarillenta.
   Tres veces por semana les saco de paseo. Observo que, a pesar de su tamaño, hasta los perros más grandes les temen y corren a esconderse detrás de sus amos. Andan por la calle como si fueran los reyes de la ciudad. Es gracioso ver como caminan con aire ufano, prepotentes, retando fieramente a cualquiera que se atreva a mirarlos.
   Cada vez me siento peor. Hace tres días que no duermo. A las doce de la noche, cuando no se escucha ningún ruido salvo el rugir de mis tripas debido a la digestión o algún que otro molesto vecino, ahí está. Como el zumbido de un mosquito, empiezo a escuchar chillidos y aullidos, garras arañando el metal. Veo tres sombras en la oscuridad, tres fantasmas que corren por el pasillo al verme. Caigo en un letargo en el que no descanso. Me levanto bañado en sudor. Compruebo si son ellos los causantes de los ruidos, pero cuando me acerco a la habitación les encuentro enroscados, plácidamente dormidos. Como un zombi, vuelvo, golpeándome con las paredes, a mi cama, donde me desplomo incapaz de conciliar el sueño.
   Pasadas dos semanas fui al médico. Le expliqué los síntomas. Me examinó a fondo y me sugirió ir a un psiquiatra. Tras varias horas de consulta, las cuales me costaron un riñón, me informó de mi enfermedad: INSOMMIO FAMILIAR FATAL. Al oír esas tres palabras supe que me quedaban unos meses de vida. Hubo algo que le extrañó: yo era el primero de mi familia en contraer la enfermedad, pero los síntomas no dejaban lugar a dudas.
    Al día siguiente fui a la oficina y les conté el problema. Decidí cogerme una baja e irme a una pequeña casa en las afueras. Allí escaparía de los ruidos y la contaminación y ellos tendrían más espacio donde corretear.
   Pero los problemas no tardaron en llegar. Al poco tiempo de estar allí, ellos enfermaron misteriosamente. Se movían y comían poco, y los ojos comenzaron a adquirir una tonalidad amarillenta. Cuando hablé con el veterinario, él me preguntó qué eran. Al explicárselo me dijo: “¡Usted lo que tiene son mancuspias!” y con una risotada colgó. Al buscar el término en Internet supe que no me tomaba en serio.
   Mi estado de salud tampoco mejoró. Poco a poco los síntomas se agravaron. Al principio dejé de hablar. Así, sin más. Mi lengua no me respondía. Mi familia y mis amigos me dieron de lado, pensando que estaba fingiendo. Pero no era así. Pronto me quedé solo. Únicamente acompañado de mis amigos azules. Nadie se acercaba a mi casa. Me tomaban por un loco.
    Por las noches les escuchaba gemir. Ellos también estaban enfermos. Ya no comían nada. Estaban flacos, famélicos, como si fueran peluches vacíos. El zumo de naranja se les escurría de sus fauces y su orina empezaba a tener un tono muy oscuro. Varias veces al día les daban arcadas y vomitaban bolas de pelo que ellos mismos se arrancaban.  Durante la noche, sus aullidos y gemidos resonaban en mi cabeza.
   Mi salud se complicaba cada vez más. Perdí por completo el equilibrio y estaba extremadamente débil. Descubrí que no podía moverme. Mis famélicos compañeros, más muertos que vivos, se acercaban a mi lecho y me hacían compañía hasta que no pudieron más. Ya no sabía distinguir ente paranoia y realidad. Era mi propia locura la que me acechaba por las noches. Toda la casa se concentró en mi habitación donde permanecíamos durante todo el tiempo.
   Un día vi, más bien oí, cómo alguien derribaba la puerta y me llevaba en volandas al hospital. Pero ya todo daba igual, mi cerebro se había desprendido de mi cuerpo. Al parecer, habían llamado de la casa de al lado, alertados por el fuerte olor que provenía de la mía. Lo último que creí ver, antes de salir de casa, fueron tres cadáveres verdosos con mechones azules en un rincón de la habitación y pensé, con tristeza, que ellos debían ser la causa del mal olor.
    Aún después de su muerte, seguí oyendo sus gemidos y aullidos en mi cama del hospital, hasta convertirse en mi infierno particular.

   El tiempo ha pasado demasiado deprisa. He pensado mucho en ellos en estos últimos meses. Cuando los encontré en esa cajita de cartón creí que llenarían el espacio que dejó Matilda. Hasta ahora no he logrado comprender que realmente nunca existieron. Solo eran un imago, una ilusión, un producto de mis temores y mis recuerdos, una insoportable nostalgia materializada en unas pequeñas criaturitas que han terminado conmigo, aun sabiendo que con ello también estaban escribiendo su propio final.

5 comentarios:

  1. Sorprendente. Me gusta el ritmo y el inesperado final. Un premio muy merecido.

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  2. Muy bueno. La historia está muy bien desarrollada y el final es inesperado a la vez que sorprendente.

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  3. Nos alegra que os guste. A nosotros nos encanta que alguien tan joven escriba así de bien!!

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