viernes, 7 de marzo de 2014

¿Qué personaje eres tú? (II)

Aquí tenéis una segunda entrega de los relatos que se escribieron en 
nuestro taller de escritura e ilustración "¿Qué personaje eres tú?"


"Turquesa y ceniza "


                                                                                           
                                                                                                                                  Ocaso. Un paisaje desierto, austero y gris. No hay árboles a su alrededor, ni setos ni matorrales. Carece de toda decoración campestre. Son las cinco de la tarde; el sol invernal, aun visible en el horizonte, luce orgulloso, resistiéndose a morir. Luces y sombras colocan una oscura sábana sobre la extensa llanura. Solitaria y apagada.  A ambos lados de la pradera se distingue, aunque imperceptiblemente, una serie de pequeñas rocas teñidas de negro por la puesta de sol y rodeadas por cañas que serpentean sobre un camino arenoso. La brillante luz que irradia el horizonte comienza su despedida, triste, silenciosa. El viento artero, agita los herbazales, mientras en el cielo aparecen esferas luminosas. Las estrellas iluminan el fondo cubierto de matices rosas y anaranjados. El plenilunio pronto aparece, apenas perceptible, tras una masa de nubes rojizas. En el cielo se libra una batalla, los rayos del sol luchan agonizantes ante aquel oscuro manto que se acerca cauteloso, como un agresivo y poderoso enemigo. Las estrellas expectantes susurran que pronto pasará. Las nubes las escuchan, son viejas y ya han visto de todo; responden mientras el aire gélido de invierno inviste violentamente contra ellas, privándolas así de toda forma y posición. Sí. Pronto ocurrirá. Pronto dará comienzo. Las estrellas lo saben, ellas, cuyo tono de color ámbar encendido va transformándose en luz de plata a medida que desaparece el sol, ocultan un secreto. Mi nombre, susurrado por las últimas ráfagas del viento embravecido. Alzo la vista al cielo y contemplo. La luz del ocaso se debilita por momentos, pierde su fuerza y color. El negro pronto se convierte en el rey del lugar. El color de la tristeza, la oscuridad, el olvido. No es una lucha por conservar mi dignidad, es una lucha interior. Es el deseo de los recuerdos hermosos lo que acrecienta mi corazón. Él, convertido en un pequeño gorrión, enjaulado entre barrotes de puro acero, irrompibles, impenetrables, da saltitos en su interior esforzándose por encontrar alguna salida. Respiro y entonces tomo conciencia. ¿En qué persona me he convertido? Mis piernas flaquean y me siento como una criminal empedernida, triste, sola, rodeada por un oscuro manto, frío e impasible. Recuerdos enterrados hace mucho tiempo en las profundidades de mi corazón, vuelven a despertar. Se remueven inquietos en mi cabeza y comprendo que ha llegado el momento de retroceder al pasado, de contar una historia. Un relato de hace muchos años. Rejas y cerrojos vestigiosos, de un tiempo en que las personas creían tales cosas. La historia de un chico hermoso y muy extraño. Venido de algún lugar lejano, exótico. De expresión serena y profunda, tenía un poder: hechizaba a todo el mundo con sus ojos brillantes y de color turquesa. Una fuerza extraña y  poderosa atraía a la gente hacia él, el hombre apuesto y desconocido, sin voz, sin nombre. Hasta que un día se cruzó en mi camino. Robbie Hunter. El joven misterioso y de sonrisa cautivadora, aquel cuya presencia llenaba el lugar con un silencio electrizado. Sus bellos ojos mirándome con esa manera tan profunda que solo el poseía. Su mirada, atravesándome del mismo modo que una flecha atraviesa una manzana.  Lo amé. Una vez. Y aquello destruyo mi mundo para siempre. ¿1920, 1923? Ha pasado tanto tiempo que ya no recuerdo.  En mi mente resurgen de las cenizas las sombras del pasado, despiertan de ese profundo sueño y brillan resplandecientes en la oscuridad. ¡Shhh! ¡Puedo oírlo! Ahora cierro los ojos y escucho, escucho sus voces llamándome, sus pálidos dedos agitándose en el aire. Rostros fantasmagóricos que ya nunca volverán. Mi cuerpo percibe el trémulo aire helado de la muerte, frío, mientras fuera, en mi mundo, las personas se mueven como muñecos de cera. Alguien ha comenzado a respirar, late húmedo su corazón, su voz invade mis oídos y me susurra que ha regresado, que ya está de vuelta, y que tales visiones no son para personas como yo. Un temblor en el aire, una leve corazonada y desvío la mirada. Hannah. Ella está preciosa con un vestido blanco. Hannah con la piel blanca y aterciopelada, cabello oscuro ensortijado, hoyuelos en la comisura de su boca angelical. Sus ojos grandes y brillantes eran del más pálido azul, mirarla a los ojos era como mirar un lago sobre el que brillara una potente luz. Hannah con su aspecto cincelado, tenía el aspecto de una muñeca de porcelana tan delicada, que parecía que iba a romperse en mil pedazos solo con mirarla. Hannah, poseyendo aquel tipo de belleza especial, apreciable en cada facción, dando la impresión de una bella reina apasionada y cautivadora. Y de pronto... ¡Ahí esta! Robbie Hunter. El hombre misterioso. Vistiendo un traje negro, impecablemente planchado y elegante. Alto y delgado, Robbie exudaba un gran atractivo físico, aquel atractivo con el que había hechizado mi corazón. La ira, los celos, pronto invadieron mis venas convirtiéndome en una persona ruin y despiadada. Saber que había jurado amor eterno a mi hermana Hannah, me llevó al borde de la locura. Mi mente entró en un estado de interminable obsesión, me peleaba con mis pensamientos e incluso con las motas de polvo que danzaban a mi alrededor. Era lo mismo el día y la noche, cuando veía a Hannah y a Robbie juntos, cuando veía los numerosos gestos de cariño que se regalaban, no pasaba el tiempo. Era como si no saliera el sol, es más, juro que no salía el sol. Todo estaba oscuro y negro para mí. Él, que hizo creer que me amaba, destrozó mi corazón y lo despiezó en pequeños pedacitos en el interior de mi pecho. Y entonces lo supe. Debía actuar. Rápida, discreta. El tiempo se ha plegado sobre sí mismo y ahora estoy de nuevo en Riverton Manor. 


Es otra vez 1920. Avanzo despacio entre las esquinas de la propiedad y me siento poderosa por última vez. Contemplo mi sombra a la luz de la luna y mi respiración se acelera. Una voz interior cobra vida en mi mente. «Es tuyo», me susurra. «En verdad eres afortunada, porque es tuyo y de nadie más». Y a medida que aquella voz va creciendo en mi cabeza, se hace más fuerte y ruidosa. Sigilosa, como un cruel bandido, atravieso las dependencias de los criados convencida de ser invisible. Nadie debe verme. Es mi propósito, es mi secreto. No van a detenerme, ni un par de manos poderosas, ni cientos de bocas abiertas exhalando gritos de terror. Mis pies avanzan por el interior de la mansión, pero mi mente permanece junto a Robbie. Robbie, Robbie. A lo lejos escucho las risas, las voces, faltan menos de quince minutos para que termine el año. En los jardines de la propiedad la gente baila, y pese al frío que azota sus rostros, gritan y chillan enloquecidos. Colores, movimientos. Debo darme prisa. No queda demasiado tiempo. Por fin llego a mi destino. Mis dedos pálidos y temblorosos abren cautelosamente la puerta de caoba y entonces lo comprendo. Ya estoy dentro. La habitación de Hannah esta más oscura que de costumbre. Collares de perlas, paños de seda, objetos propios de la alta aristocracia descansan sobre el suelo. Me acerco al espejo. Una chiquilla de dieciséis años me devuelve la mirada, sus ojos son azules, pero tristes, su cabello oscuro, pero lacio, nada que ver con la hermosa Hannah. Hannah, Hannah. Un ligero gemido hace que vuelva la cabeza y de pronto mis ojos se dilatan, porque allí mas cerca de lo que imaginaba, ellos respiran tranquilos. Dulce y apaciblemente duermen en brazos del otro, y sueñan con jabones y amapolas, con altas jarras de leche y perfumes penetrando en su piel. Los observo: la belleza de la quietud. A lo lejos, un estallido. Comienza la cuenta atrás. 1921 esta cerca. No me queda mucho tiempo, pronto despertarán. Contemplo por última vez sus bellos rostros, sus pechos subiendo y bajando, un ligero hormigueo en mis ojos y lágrimas resbalan por mis mejillas. No me lo pienso, actúo. Agarro la pistola y con dedos temblorosos apunto a mi hermana y a su amante. Parpadeo, vacilo. «Es tuyo, lo sabes», aquella voz sigue latiendo con fuerza en mi interior. «¿De verdad es mío?» «Sí, tuyo. ¡Hazlo ya!» Tres, dos, uno...los estallidos de alegría ocultan el sonido del disparo y entonces huyo corriendo hacia donde nadie pueda encontrarme, a la pradera. Miro al cielo. La luna me sonríe desde arriba, inconsciente de mi desgracia. El rostro de Robbie se me aparece incluso en forma de estrella. ¿Qué he hecho? «¿Qué es lo que has hecho?» La voz interior palpita en mi cabeza, invade mis pensamientos y me susurra: «¿Qué clase de persona eres? ¿Ves lo que has hecho?». Sus palabras me atormentan. «¡Déjame en paz, vete!» Pero ella, la voz, que es  gorda y peluda, y muy pesada, no se va. Se resiste a marcharse y, en cambio, me continúa martirizando. «Allí ¿lo ves? Es una sombra, espectro de la muerte que viene a buscarte, ha oído la llamada y tú eres su billete.» Testigos son la luna, las estrellas, el paisaje brillando en medio de ninguna parte, la rugosidad de las cañas acurrucadas, la acolchada extensión de los campos, la tersura del foso de melaza. «¿Te das cuenta? Puede sentirse, ven, si te acercas y escuchas tú también, lo entenderás. Que la pradera está hechizada, que ella te esta hablando, susurrando. Que no has sido capaz de comprender, y que tú no te has comportado sabiamente.» «¡Basta, calla!» No puedo, no puedo. Las palabras flotan a mi alrededor. Tengo apenas dieciséis años y soy el peor de los seres. Una incomoda sensación me aprisiona la garganta y con sus poderosas y afiladas garras me desgarra las entrañas, y entonces el peso de la culpa invade mis venas. «No te has comportado sabiamente.» Robbie, Hannah, lo siento, pronto estaré junto a vosotros, volaremos juntos hacia el cielo. Agarro el arma, fluyen los sentimientos: miedo, tristeza, dolor. Mi cabeza da vueltas. Alzo la vista por última vez, y entonces la pradera pronuncia mi nombre y me habla. Me habla de leyendas, de otras gentes y de otros tiempos. De amores perdidos, de recuerdos olvidados, de ilusiones encontradas, de la magia de sus tierras; es un mundo mágico y confortable. Sus rocas contienen secretos y misterios. No me devuelven a la infancia, me proyectan el futuro... Es etéreo, se entremezcla con el cielo y se confunde con el viento. Y yo estoy allí, parada con el revólver apuntando mi sien.  Me concentro, siento que aquello es lo más bello que he visto jamás, algo capaz de hipnotizar hasta el ser mas despiadado. De repente, el sonido del último disparo. La luna lanza un grito desgarrador y después se acabó. Oscuridad. Todo ha terminado. Ya no pienso, ni siento, tan solo miro mientras me elevo hacia la nada. Y sé que estaré acompañada, que estaré flotando junto a Robbie y a Hannah, y que él y ella son uno.

                                                                                   Sara García 

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