viernes, 14 de febrero de 2014

¿Qué personaje eres tú?

El último trimestre del 2013 hicimos en la biblioteca un taller de escritura creativa y de ilustración para jóvenes titulado "¿Qué personaje eres tú?". Bajo la dirección de Carlos Rod e Iván Bravo, los participantes escribieron un relato, lo ilustraron e, incluso, lo encuadernaron. 

En Travesías de tinta iremos publicando los relatos de los participantes, con edades comprendidas entre los 12 a los 18 años. Esperamos que disfrutéis tanto con su lectura como ellos lo hicieron en el taller.


¿YO?



No sé si me llamo Anne o Lianne, podía ser incluso Marianne. No sé donde estoy, veo paredes rojas y acolchadas, pero el que dice ser mi psiquiatra, afirma que son blancas. Llevo dormida mucho tiempo y acabo de despertar.

Junto al escritorio hay una silla, de la que cuelga un anorak con capucha azul. Es azul pero podría ser verde o morado. No lo sé. Me acerco. Hay un espejo en la pared. Veo el reflejo de alguien. Supongo que soy yo, pero no lo recordaba así. Tengo el cabello largo y  negro como el carbón, ojos de un gris azulado, con unas pestañas largas y oscuras, parecen cubiertas de rímel, y la piel blanca.

«A los fieros orígenes me bajaron anteayer». Esa frase inunda mi cabeza. El hombre de bata blanca dice que hablo mientras duermo. Dice que vengo de tiempos antiguos, la Edad Media puede ser. Vivía en un viejo poblado a la orilla de las grandes montañas. Dice también que tengo un amigo que nadie ve. Cuando habla de él me siento bien, es como si lo conociera de toda la vida, aunque no recuerde su rostro. El médico se acerca al cajón de la mesa y saca unas fotografías, si bien parecen dibujos. Puedo reconocer mi silueta en ellas. En uno de esos viejos y arrugados papeles estoy yo, acompañada de un animal. Sorprendida me pregunto, ¿es un asno?, ¿o es un burro?, quizá sea una jirafa, me digo para mí. De repente me invade un recuerdo.

Miro hacia la montaña, me queda mucho camino. Una culebra, una cobra según los libros de mi abuelo, se arrastraba por el aire. Sí, por el aire. El animal, ya fuera un burro, una jirafa o un rinoceronte, se asustó y salió corriendo tirando sus alforjas y arrojándome sobre la nieve. Al levantarme y mirar hacia arriba solo veo que un alud de nieve se dirige hacia mí alcanzándome antes de echar a correr. Me siento indefensa, con frío, con miedo.
En unos instantes fugaces me levanto asustada, el hombre canoso conjuntado con su bata me apunta al ojo con una pequeña linterna. Se la aparto de un golpe. Él desaparece. Vuelvo a estar sola.

¿Qué ha sido de las alforjas?, ¿qué contenían?, ¿y ese amigo que nadie ve?, ¿y es verdad que «a los fieros orígenes  me bajaron anteayer»?  Miles de preguntas inundan mi cabeza. Miro a mi alrededor. Las fotografías están tiradas por el suelo. Recojo alguna de ellas y la observo atentamente. No recuerdo nada. Sigo mirando. Al fondo, en la oscura esquina de la habitación, junto al armario, asoma otra foto. Me acerco. Al tocarla, un extraña sensación recorre mi cuerpo; me entran escalofríos. Me sorprende ver lo desgastada y borrosa que aparece la imagen, mientras el papel está casi intacto, a diferencia del resto de fotografías manoseadas. Aún se puede apreciar la forma de un adolescente. Aproximadamente de unos diecisiete años, si no fuera por la carita de niño, parecería mayor. ¿Será él?, ¿qué tiene en las manos? Parecen unas alforjas iguales a las de mi recuerdo, ¿son mis alforjas?, ¿y por qué las tiene él? No entiendo nada. Todo me da vueltas.


No se quién soy. No sé donde estoy. Y sin embargo, a los fieros orígenes me bajaron anteayer.


                                                                                                                    Tatiana Burgos


Este relato y su ilustración están sujetos a licencia Creative Common 




No hay comentarios:

Publicar un comentario