viernes, 22 de noviembre de 2013

Relato: El escultor



El Escultor

El escultor se aproximó a las obras. Aquel día, el calor se reflejaba en las piedras y resultaba más implacable que nunca. Observó cómo la construcción se alzaba majestuosa sobre sus columnas dóricas. Los obreros trabajaban deprisa, en poco tiempo el templo estaría terminado. Ya estaban delimitadas las dependencias más relevantes, la pronaos, la naos y el opistódomos, y únicamente restaban los motivos decorativos del frontón y exteriores. Fidias se asomó al interior; a él le correspondería realizar el programa escultórico, así como la imagen dedicada a la divinidad. Al principio no le convencía el proyecto, pero cuanto más avanzaba la obra, más seguro estaba: aquel templo era digno de sus dioses.

Fidias paseó hacia la zona donde se encontraban almacenados los materiales necesarios para su trabajo, y dio las instrucciones pertinentes sobre los mismos. Iba a necesitar mucha más variedad si querían que realizara un programa decente. Una de las tejas de colores para las techumbres se había caído, rompiéndose en mil fragmentos de extrañas formas. El escultor se agachó y recogió uno, sosteniéndolo sobre la palma de su mano. Le parecía milagroso que materiales tan pequeños y frágiles pudieran combinarse hasta formar algo tan grande y sólido, como si fueran las piezas de un rompecabezas. Era necesario colocar cada una en el lugar correcto y de la forma apropiada. Fidias se maravillaba de que algo tan frágil y humilde como una teja, que con sólo un ligero golpe quedaba reducida a polvo, pudiera contribuir a dar forma a un templo que perduraría en el transcurso de los siglos. Había visto varios a lo largo de su vida, y tenía la intuición de que este en concreto era especial. Alzó la vista para mirarlo de frente. Desprendía una sensación de exquisita armonía: el canon de proporcionalidad de sus columnas se había diseñado con una exactitud nunca vista con anterioridad. Se apreciaba un equilibrio y un efecto hipnótico al mirarlo fijamente, aunque quizás sólo fuera el reflejo del sol. Fidias sonrió, convencido de que aquel templo pronto sería el emblema de la ciudad. Era una manera de alcanzar la inmortalidad. Algún día lo llamarían el Partenón de Atenas. 

                                                                              Por Bárbara Ruiz Garrigós

No hay comentarios:

Publicar un comentario