viernes, 27 de septiembre de 2013

II Concurso de microrrelatos "Travesías de tinta"



Como ya sabéis, el sábado entregamos los premios al II Concurso de microrrelatos "Travesías de tinta". Había un ganador en la categoría de 12 a 16 años y otro para la categoría de 17 a 22 años; sin embargo, entre todos los recibidos había otros microrrelatos que obtuvieron la aprobación del jurado aunque no ganaron. Estos dos que os ofrecemos son ejemplo de ello. 

El sueño de Silvia

Cuando era una niña nunca amé. Me divertía en los parques, leyendo o viendo películas en casa de mis amigas, pero nunca supe decir “te quiero”, nunca supe tampoco si alguien me quería. Yo veía a los chicos de clase ruborizarse cuando alguna chica les había escrito una notita. Y sé que a veces se escribían “te quiero.” Y sé que luego soñaban con darse un beso o un abrazo. Pero yo no sentía envidia porque seguramente mis sueños eran mucho más entretenidos que todo eso.

Resulta que soñaba que era una heroína porque contaba historias de terror con Miles en la Casa de la Moneda –una antigua fábrica abandonada.- Después, cuando terminé de leer Otra Vuelta de Tuerca, me hice amiga de Platero y paseaba a este burrito por la Alameda. Fue así como hice verdaderos amigos, viajes apasionantes y hazañas que aún recuerdo con un vértigo muy emocionante. Pero nunca pude decirle “te quiero” a todos mis amores ya que se reducían a la tinta y el papel.

“¡Silvi! ¡Despierta! ¡Están cerrando la biblioteca!”

Esta vez había soñado que escribía un microrrelato en el que contaba porqué desde bien pequeña pasaba las tardes en la sala de lectura.

                                                                                    Naia Rojo

Bovarismo

Me gustaría pertenecer a un siglo que no es este, donde se evoca a las princesas con la mente, y se juega a ser caballero de levita y sombrero. Brotar cada mañana de una novela de Stevenson y perder a las cartas en el club de los suicidas. Pasear de la mano con Emma Bovary mientras me cuenta el último escarceo de Ana Ozores. Tomar el té de las cinco con Oscar Wilde y cambiarlos de noche por Rimbaud y su absenta.
Me gustaría llorar y escribir a partes iguales; es decir, escribir tanto como ya lloro. Y leer más para acallar el ruido de esta ciudad que a veces no parece la mía.
Me gustaría soñar, como si los sueños nunca se truncasen igual que esa Margarita de Rubén Darío, como si Peter y Wendy siguiesen viniendo a verme cada noche y yo partiese con ellos.
Quiero deshacerme en una página, descomponerme en tinta, y rehacerme en verso. Y que me lean y me sueñen como yo los sueño. Y volverme metáfora, y que me encuentre solo quien no me busque, en una estantería olvidada con tintes decimonónicos, y que, desde entonces, yo sea, para siempre, su libro favorito.


                                                                                               Black Maiden

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