viernes, 18 de enero de 2013

El diamante negro




¿Os acordáis de Bárbara Ruiz, una de nuestras ganadoras del Concurso de Microrrelatos?
Pues nos ha regalado un cuento titulado "El diamante negro". A nosotros nos parece que esta chica promete ¿verdad? Si os gusta el relato corto y las tramas de misterio, os gustará seguro.


El diamante negro

Alex se encontraba bajo la ventana de la habitación de Saista. La mansión era impresionante: no en vano los padres de la chica eran las personas más adineradas y poderosas del pueblo. El joven pateó una piedra, tratando de armarse de valor, estaba dubitativo. No se atrevía a llamar a Saista para que saliera a dar una vuelta con él. Alex llevaba mucho tiempo enamorado de ella, pero no tenía la seguridad de que la chica estuviera dispuesta a darle una oportunidad; Habían hablado un par de veces, aunque él siempre se ponía colorado y se le trababa la lengua cuando la tenía delante.


Al final se decidió: – Saista, Saista, ¡eh, Saista!

La cabeza de la joven apareció en la ventana. Lo miró con sorpresa. - Oh, eres tú. ¿Qué quieres ahora?- dijo maliciosamente.

- Me preguntaba si…. mmm, querrías venir a dar un paseo conmigo. Tengo que decirte algo.

- De acuerdo. No tengo nada mejor que hacer. En diez minutos estoy abajo.

Fueron hasta el parque y se sentaron en un banco, a la sombra de un árbol. Alex estaba nervioso, estuvieron hablando de cosas triviales hasta que ella, con una sacudida de su dorada melena, le espetó:

- Bueno, ¿y qué era esa cosa tan importante que querías decirme?

- Pues, esto… - balbuceó Alex, mirando hacia otro lado y armándose de valor – Verás, desde hace tiempo… bueno, quería decirte lo mucho que me gustas, y querría saber .… en fin, si vendrías al baile de fin de curso conmigo.

- De acuerdo – dijo ella rápidamente, sin apenas darle tiempo a terminar.

- ¿En serio? – Alex apenas se lo podía creer, estaba loco de alegría, y por eso no se percató del brillo malicioso que asomó a los ojos de Saista.

- Sí, ¿por qué no voy a querer ir contigo? – dijo ésta. Pero, si pretendes llevarme al baile, tendrás que hacer algo por mí.

- Muy bien – aceptó Alex, todavía en estado de shock por la respuesta de Saista.

- Consígueme el Diamante Negro.

- ¿¡Qué!?- se extrañó Alex – ¿El Diamante Negro? pero si… eso es imposible, y, además, no existe, ¡es solo una leyenda!

- El baile es dentro de dos noches, o me lo consigues o puedes ir buscándote otra pareja. De ti depende – Saista se levantó para irse.

- No, ¡espera, espera!- La cabeza de Alex era un auténtico caos – Iré, es decir… intentaré conseguírtelo, pero…

- Perfecto – le interrumpió Saista.- Ahora tengo que irme. Nos veremos pronto… espero.

Alex sólo acertó a asentir con la cabeza, mientras observaba cómo Saista se alejaba. Meditabundo, empezó a pensar en la Mansión Darkos. Era una extraña casa deshabitada situada a las afueras del pueblo. Se rumoreaba que en su interior había valiosas joyas, entre ellas el Diamante Negro. Sin embargo, nadie se había atrevido nunca a entrar en aquella casa. Primero, porque la mansión en sí resultaba aterradora y, a veces, por las noches, se oían inquietantes ruidos. Y en segundo lugar, porque en las contadas ocasiones en que sus dueños se habían dejado ver, no habían hecho más que acrecentar el rumor de que eran personas extrañas y terroríficas. Se decía que pertenecían a una secta, pero no se distinguía en su casa ninguna cruz u otro símbolo semejante.



Alex iba pensando en todo esto mientras se dirigía a su casa. Había tomado la determinación de ir esa misma noche, aunque no las tenía todas consigo. Para empezar, estaba casi seguro de que el Diamante sólo era una leyenda. Pero debía ir. El joven no podía soportar la idea de que Saista fuera al baile con otro, así que se propuso encontrar la manera de conseguir el extraño diamante, si es que existía. Alex se preguntó qué haría en caso de que los dueños se encontrasen allí. ¿Robarlo? Lo que estaba claro, pensó con desesperación, es que no podría comprarlo. Sacudió la cabeza, aquello no tenía ni pies ni cabeza, pensó, pero no había alternativa.

Preparó una pequeña mochila con una linterna, cuerda y otras cosas que podría necesitar, y dijo a sus padres que volvería tarde.

Bajo el amparo de la oscuridad, Alex salió del pueblo, intentando no ser visto. Anduvo un trecho, hasta llegar a los alrededores de la mansión, semioculta por los árboles. Con cada paso que daba sentía más miedo. De repente se detuvo; aún estaba a tiempo. Su instinto le decía que se marchara corriendo cuanto antes. A punto estuvo de hacerlo. Pero pensó en Saista, y esa imagen le infundió valor. Siguió caminando. De repente se percató del extraño silencio que le rodeaba, ni siquiera los grillos cantaban. En ese momento se oyó un batir de alas. Alex se sobresaltó. Con el corazón en el puño, escudriñó su alrededor.

-¿Quién anda ahí?

Alex se regaño a si mismo por su cobardía: sin duda se trataba sólo de un murciélago. Escuchó atentamente, pero lo único que le pareció percibir fue el débil eco de una risa lejana. Sacudiendo la cabeza, continuó su camino, rezando para que todo fueran imaginaciones suyas.

Finalmente, Alex llegó delante de la casa; observó su negra silueta. Para darse ánimo, volvió a pensar en Saista y, tras una última vacilación, se dirigió decidido hacia la mansión, mientras la oscuridad se lo tragaba.


***

Saista dormía profundamente. De repente un extraño ruido la hizo salir de su sueño. Adormilada, le pareció sentir una presencia en su habitación. Todavía confusa, creyó distinguir una figura junto a su cama. Su primer impulso fue gritar de terror pero, un instante después, reconoció a Alex.

- ¿Alex? – preguntó – Alex, ¿eres tú?

- Sí, soy yo.

Saista se despertó de golpe. Enfadada, le dijo: - ¿Cómo has entrado? ¡No hacía falta que vinieras en mitad de la noche!!! – Con una sonrisa burlona, le preguntó: ¿Acaso tienes ya lo que te he pedido? Alex dio un paso hacia ella, saliendo de las sombras. De repente, Saista enmudeció, se había dado cuenta de que Alex había cambiado. Su piel parecía más pálida que de costumbre, y su sonrisa, inquietante, dejaba entrever sus blancos dientes, en los que nunca antes se había fijado. Pero lo más extraño fue la sensación de terror irracional que su presencia provocó en Saista.

¿Alex? – preguntó, temblándole la voz. Al ver que no respondía, repitió: ¿Alex? ¡Alex!!!

Las luces del alba empezaban a asomar tímidamente por la ventana de la habitación de Saista.


***


No fue hasta varias horas después cuando encontraron su cuerpo. Había muerto desangrada. Saista sólo presentaba una ligera herida en la yugular. Curiosamente, tardaron en descubrir la causa de la muerte, porque un extraño collar adornaba su cuello, ocultando la incisión. Era un diamante negro.


fin

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